El pasaporte de una “chica bus”

20 nov. 2011

El “desaire” de Luciana Aymar a no entregarse al show en Sábado Bus fue la muestra evidente y necesaria de la mercantilización del cuerpo en los medios masivos de comunicación. En el caso del programa de Nicolás Repetto, en cada emisión, se ponen en juego diferentes estereotipos femeninos en los que solo cabe la cosificación de la participante.
Indiscutiblemente, quienes son invitados aceptan protagonizar las secciones que integran al programa. Aunque, sería difícil distinguir la delgada línea que separa la obligación del consenso. En esa dicotomía, se encontró la deportista al ser llevada a ocupar un rol predeterminado en el que ella no se sentía cómoda: la muñeca bus.
Ocurre que en ese programa, los casilleros están estrictamente delimitados y jerarquizados para las mujeres: “Bellezas internacionales” (para las modelos), “Muñeca bus” (vedettes), “azafatas” (secretarías y staff estable) y sólo para las selectas, “portfolio”. En todos los casos, el protagonismo es el desnudo, total o parcial, en el que lo femenino pierde su condición de sujeto para ser objetivado.
Al observar las sucesivas emisiones del programa de entretenimientos, la sección “bellezas internacionales” estuvo signada por un estereotipo de mujer alta, de extrema delgadez y sin siliconas en exceso. Así, se connotaba lo natural y lo fino que, por mimesis, se combinaba con la inmensidad de un paisaje exótico y real. En este marco, la modelo elegida formaba parte del cuadro como mero adorno.
Por otra parte, en la “muñeca bus” se puso en funcionamiento otro modo de mujer-objeto: la exuberancia de vedettes o personajes mediáticos que dramatizan clichés de fantasías sexuales.  Con la saturación del color rosa, la sección incluye una “performance” en vivo, donde la protagonista sale de una cajita, donde está atada, no emite palabra y es liberada por otro invitado y el conductor. Aquí es evidente el proceso de cosificación, al vincular este estereotipo con la producción masiva de un juguete. Asimismo, en términos de realización televisiva, esta última sección es más barata que la otra, que incluye una inversión en viajes.
En el menor de los niveles, están las “azafatas”, el elenco estable que desfila, decora y colabora con la sonrisa y desnudez. Mientras que, en el escalafón más alto de participación, está el “portfolio”, donde suelen lucirse actrices y actores con un lenguaje más artístico pero que busca el mismo impacto con la erotización visual.
¿Qué le pasó, entonces, a Luciana Aymar? Su figura de celebrity excede los casilleros impuestos. Pero en el esfuerzo para que participe en los espacios que le son permitidos en el show, fue reducida a su belleza y al “pecado” de operarse las tetas. Bajo una lógica machista, su trayectoria deportiva fue dejada de lado y se intentó vedettizarla. En el resto de los medios de comunicación, se condenó su “falta de onda”, cuando se trataba de timidez y de la conciencia de ejercer un rol que, públicamente, no le es propio.